viernes, marzo 28, 2008

Todo debe llevar titulo?

Esto por aquí se ve demasiado rosado para mi gusto
mi gusto de hoy


Cuando vengas… espero estar esperándote todavía, un poco de esperanza, sin tanto pesimismo. Espero notar tu llegada, espero tantas cosas… y te espero a ti. Ojala quede algo de mi para darte. Ojala el viento no se lo lleve todo, y deje sólo arena. Pero es que me voy alejando… las luces se van apagando, a veces, a veces, ya no sé por donde empezar.

Las luces se apagan, las lunas cruzan y cruzan el cielo, las estrellas son agujeros. Mis miedos empiezan a cantar.

Puede podrirse el futuro, pueden cogerse el pasado… pero el presente es mío. Y me lo voy comiendo poco a poco… hasta llegar a lo que está rancio.

Los papagayos deben volar. Y estrellarse… quemarse con el sol. No todo lo que sube debe bajar. Yo soy un fucking papagayo… que todavía no sabe volar.

martes, marzo 04, 2008

Lisiados los analfabetas que no saben leer dijo el ciego.

Después de estar tres días sin hacer completamente nada, se decidió, tenía que hacerlo, se puso algo de ropa encima, se puso unas pantuflas moradas gigantescas y ridículas, y salió de su casa, cruzó la calle y compró cigarrillos. Le pareció que nadie notaría que no llevaba sostenes, después de tanto tiempo sola terminaba por desconocer al resto de la gente, el muchacho de la tienda le sonrió, ella bajó la mirada, no pretendía entablar una conversación con un extraño, no con sus pantuflas moradas escuchándola, pero el muchacho insistió, al verla observando el yesquero agregó sin vacilar: “es de esos recargables… por eso sale más caro” ella levanto sus ojos y le concedió una mirada punzo penetrante que duró sólo un segundo: “si… comprar una cosa de esas me saldría más caro también”, el muchacho sonrió: “yo te la puedo regalar”, ella se marcho mientras el muchacho no terminaba su última frase. Se quedó paralizada por un segundo a mitad de la calle, cuando notó que le habían dado una moneda de esas que tanto le gustaban, una luz que probablemente provenía de un faro alumbraba desde atrás la moneda, si alguien hubiese fotografiado esa moneda, seguramente sería la más bella del mundo. Cualquier persona podría ganar un pulitzer por una moneda tan hermosa, y ahí lo decidió, esa sería su moneda de la suerte, mojó sus labios para decirlo dulcemente: “hela aquí… mi moneda de la suerte”.

El ladrido de un perro, el grito de un niño, una vieja casi infartada, el muchacho de la tienda… nada pudo recordarle que estaba parada en medio de la calle, ni siquiera su novísima moneda de la suerte, que llegó a parar a orillar de un charco nauseabundo, del cual también se hubiese podido sacar una buena foto – todo depende del ángulo -. La chica de la moneda yacía ahora en la camilla del hospital, la moneda a lo lejos se reía de su suerte, pues a ella no le había ocurrido nada – a la moneda-.

La chica despertó y vio al muchacho de la tienda sentado junto a ella, “no sabía a quien llamar”, ella sonrió irónicamente, “Aquí están todos, no hace falta nadie, puedes marcharte”, “Con semejante dulzura, como podría alguien marcharse de tu lado?”.

En el pasillo hacia la puerta, no supo si fue su cara pálida de niñita desprotegida, o sus cabellos dorados con el sol cuando caminada hacia él, o verla tendida en el suelo ensangrentada como perro sin dueño, no supo si fue su sombra acariciando el suelo, o quizá fueron sus pezones en la camisa traslucida, pero decidió volver a la habitación.

Al verlo entrar ella pensó que quizá no sería tan malo tenerlo en la habitación, pero el problema con ella es que lo que siente no es necesariamente lo que expresa, su cerebro y su boca solían desconectarse, quien sabe, quizá un artilugio adquirido con los años, “se me han quitado las ganas de fumar, por si vienes a venderme otra cajetilla”, él contuvo unas ganas enormes de marcharse de nuevo, pero recordó la camisa traslucida, “de verdad haces muy difícil que alguien quiera estar aquí”.

Años después recordarían esa tarde con una tasa de café y más cigarrillos, - no es que yo sea amante de los finales felices, no, los terribles también son necesarios, pero sinceramente prefiero retomar esta historia en otro momento – si, más cigarrillos, y ella con sus pantuflas, que ya no eran moradas, y sus pezones, que ya no le sonreían a todo mundo, y él, con su cabello negro y largo, repitiéndole una y otra vez: “esa fue mi moneda de la suerte”.

Si utilizo los nombres de gente que conozco
que tan irreal sería que les sucederá algo así?
y si les pasa, se comprueba mi teoría
de que soy clarividente.