martes, mayo 15, 2007

Cochinas de Culpa



No recuerdo como era yo cuando conocía a las gemelas. Recuerdo que era feliz, y que me vestían de rosado, que había muchos árboles, y que el olor de la lluvia era el denominador del día casi perfecto, por malabares de la mente todos los días que recuerdo de aquellos tiempos eran casi perfectos.

A las gemelas las vestían también de rosado. Eran blancas como las pupilas, regordetas y con el cabello tan negro y tan liso que parecía de un comercial de shampoo. Eran bonitas, hasta donde recuerdo. Matábamos las tardes rayando de tiza la acera del parque.

Las gemelas secreteaban entre si, y reían religiosamente una vez al día, primero una y luego la otra, pero su carcajada se escuchaba hasta el fondo de las habitaciones cercanas y recorría todo el parque. Yo nunca me detuve a pensar en las conductas extrañas de las gemelas, como el hecho de que cada vez que escuchaban a su padre una le tapaba la boca a la otra con un dedo, le daba un trozo de tiza mientras la invitaba a seguir dibujando, a mi nada me parecía extraño. Un día fueron a mi casa, era muy tarde como para que saliéramos a jugar, mi mamá las metió en la casa y parecía cobijarlas con los brazos, las gemelas parecían haber perdido la habilidad para parpadear, daban la sensación de estar paralizadas.

De la madre de las gemelas sólo recuerdo que se asomaba por la ventana, y sólo se veían sus ojos, negros como azabache y los dos dedos que utilizaba para apartar la cortina. De su padre solo sentía la voz, fuerte y estruendosa, por alguna razón nunca le preste atención a lo que gritaba. Sus gritos en la tarde anunciaban la salida de las gemelas. Yo las esperaba afuera para rayar la acera.

Había un edificio que siempre tuvo un aspecto sombrío, pero de allí bajaban los personajes más divertidos, eso es todo lo que recuerdo, la sensación de esperar que ellos bajaran de ahí, como duendes que bajan de una montaña y que traen consigo artefactos mágicos e historias increíbles. Todos eran mayores que nosotras, quizá por eso eran tan fascinantes. Un día jugábamos al frente de la puerta del edificio, esperando que bajaran los duendes. Una de ellas estaba particularmente más silenciosa que la otra, su mirada estaba perdida. De repente Soltó la mano de su compañera y decidió entrar al edificio, escalo hasta la punta de la montaña, se asomo por el balcón y se quedo mirando a su hermana, la que estaba a mi lado no se inmuto, se quedaron las dos mirándose fijamente, hasta que la que estaba a mi lado levanto su mano y con el dedo le hizo la seña de la negación, la otra asintió con un gesto infantil y regreso con nosotras.

Yo me mude tiempo después. Mi madre me contó cuando tuve edad para escucharlo, que su padre las despachaba todas las tardes para golpear a su madre, y fue entonces cuando descubrí porque ellas eran tan extrañas, y era porque se sentían cochinas de culpabilidad, tanto que se les salía por los poros, culpables de ser felices rayando la acera con la tiza de colores de la vecina, culpables de sellar los gritos de su padre, y de obviar a su madre para ser niñas por 12 minutos, culpables de reírse todos los días una después de la otra.

Años después, muchos años después, cuando ya no las conocía (porque uno deja de conocer a la gente cuando sólo la recuerda) fui con mi madre a visitar la vieja casa, tenía la sensación de que encontraría a las gemelas rayando la acera, congeladas en el tiempo mientras sellaban los gritos de su padre al fondo. Pero no, cuando las vi no pude reconocerlas, quizá porque ya no las conocía, una de ellas salio con un bebe en sus brazos, mi madre preguntó por su padre y la otra le dijo que un día había desaparecido. Su madre parecía aliviada, parecía que un aura de alivio que había guardado por muchos años, ahora la bañaba. Ahora las tres se veían aliviadas.

Mi mente retorcida todavía cree que el bebe que cargaba una de ellas era su hermano y su hijo, que el padre había muerto a manos de la otra, y que la madre decidió enterrar el cuerpo ella misma, para ver si así se enterraba también la parte de ella que permitió tanto abuso por tantos años. Yo no tengo derecho, como ellas, de sentirme culpable y muchos menos aliviada de que mi mente retorcida le haya dado tal final a la historia, sin embargo hoy relato esto sintiéndome un poco culpable pero muy aliviada.

2 comentarios:

george dijo...

Canela,
cada vez que leo un relato como este pienso: ¿como es posibles que hay hombres tan animales, que existe tanta miseria en el mundo, que hay tanto sufrimiento callado, que hay tanto miedo en denunciar algo tan horrible...
Si no se intenta areglar un problema, este existirá siempre.
me alegro que ahora te sientes liberado de este pensamiento tan desagradable...

un abrazo de un amigo

Cuore di carta dijo...

increible :O